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De regreso a Palenque

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La crisis mundial continúa —la pandemia no ha terminado— y las pérdidas humanas se agolpan sin que alcancemos a advertir, todavía, el alcance temporal de sus consecuencias

México vive un momento histórico, inscrito en una paradoja —en apariencia— ineludible. Un momento de cambios, un vendaval que arrastra a nuestro país —y nos enfrenta a la realidad mundial— como lo hiciera un mero barco de papel en medio de la tempestad. Un pequeño barco de papel, dirigido por un capitán que, en el empeño por perseguir a su propia ballena blanca, está dispuesto a sacrificar el navío que —por azares del destino— le tocó dirigir.

 

El momento es apremiante, sin embargo. La crisis mundial continúa —la pandemia no ha terminado— y las pérdidas humanas se agolpan sin que alcancemos a advertir, todavía, el alcance temporal de sus consecuencias. La economía mundial se ha visto afectada —las cadenas de distribución se han visto interrumpidas para los insumos más básicos— y las naciones comienzan a desconfiar de una globalización que las pone en riesgo ante un evento del todo inesperado. La tendencia hacia las integraciones nacionales será cada vez más visible, y las fronteras se han endurecido para las naciones con menor acceso a los servicios —cada vez más básicos— de vacunación. La crisis de salud ha detonado una crisis económica en el mundo entero, que ha repercutido en una crisis migratoria —y humanitaria— que hoy rebasa nuestra capacidad en las fronteras. Una crisis cuyas consecuencias no conocemos todavía.

 

El cambio de gobierno en los EU ha traído consigo una visión distinta sobre el rol de la superpotencia en las circunstancias actuales, y hoy es más que evidente que al mandatario norteamericano no le tiembla la mano para tomar decisiones complicadas —o poco populares— que le pudieran representar la mala prensa a la que tanto teme nuestro propio Presidente. La salida de Afganistán —y sus desastrosas consecuencias— no hicieron mella en la determinación del estadunidense; el desencuentro con Francia sólo sirvió para recordar al mundo entero que, en política internacional, no existen amigos, sino intereses. Intereses económicos y geopolíticos: salud, desarrollo, alianzas estratégicas: todo lo que aquí no tenemos. Mientras tanto, nuestro pequeño capitán continúa en sus desplantes, tratando de provocar un manotazo que

—tarde o temprano— habrá de llegar. ¿Para qué?

 

¿Por qué aliarse con los nuevos comunistas, en este momento? ¿Qué le podría dejar a nuestro país las experiencias de Cuba —o Venezuela, o Bolivia, o Ecuador— como un ejemplo a seguir para lograr sociedades más justas e igualitarias? Los resultados del experimento son visibles en otros países, con el autoritarismo y la represión a las que se ha visto sujetos: la doctrina a la que el Presidente nos adhiere sin preguntar —el socialismo del siglo XXI— no ha traído sino sufrimiento a los pueblos que las han experimentado. ¿Por qué darles una oportunidad a los que han fracasado —y siguen fracasando— en otros lugares? ¿Por qué seguimos cayendo en la falacia de la politización, y hemos dejado de creer en la política?

 

Politizar consiste, de acuerdo con la RAE, en “brindar orientación o contenido a acciones, pensamientos, etcétera, que, corrientemente, no lo tienen”: el repertorio del Presidente cada mañana, sin más. Hacer política es algo muy distinto, sin embargo: hacer política no consiste en imponer la voluntad propia, sino en la capacidad de reconocer los problemas actuales, vislumbrar sus posibles consecuencias, y plantear las soluciones más convenientes para el momento que se está viviendo. Y llevarlas a cabo.

 

Hacer política consiste en lograr acuerdos, antes que en tratar de imponer las ideas propias: la visión del estadista es suficiente no sólo para entender lo que está pasando, sino también el momento en el que su propio personaje termina por rebasar al movimiento que encabeza. El momento en el que los egos se enfrentan entre sí, el momento en el que la humildad tendría que imponerse en el reconocimiento de un momento histórico. El momento en el que la sociedad, entera, lo manda a uno de regreso a su rancho en Palenque.

 

Columna de Víctor Beltri en Excélsior

Foto: Captura de video

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