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La curva de aprendizaje de Lenia…
En teoría, la Suprema Corte de Justicia de la Nación debería ser el espacio del máximo rigor jurídico; de reflexión serena y fuente de resoluciones que —sería lo óptimo— marcaran el rumbo constitucional del país. En la práctica, no obstante, cada vez que interviene Lenia Batres, ese ideal se convierte en tragedia.
Hay ministros que llegan a aprender; ella, en cambio, llegó convencida de saberlo todo. Cree representar al pueblo —y no a la norma— y se coloca siempre del lado de la “verdad”. Pero en la Carta Magna no hay absolutos; sobre ella, la SCJN construye jurisprudencia. Por eso, en el exceso del error evidente, del abuso de poder y de la manipulación, Lenia exhibe ignorancia, incoherencia y una soberbia digna de manual.
Para empezar, su austeridad es teatral. Presume su “austeridad” como si fuera una cualidad moral. El problema es que resultó falsa: entre otras muchas cosas, omitió reportar 3.5 millones de pesos en su declaración patrimonial y, ante el cuestionamiento, salió con que había devuelto 1.4 millones y que, además, había generado un ahorro de casi 19 millones para el erario. Una especie de contabilidad mística y a modo, donde lo que no cuadra se pretende hacer pasar como virtud (comparte con Gerardo Fernández Noroña la misma forma de engaño). La ministra se ha presentado como mártir de la transparencia… con las cifras jugando a su favor como por arte de magia.
El episodio de los acordeones electorales debería figurar en un libro de texto —no del tipo que elabora Marx Arriaga—; de cómo NO debe responder un jurista (o, en realidad, ninguna figura pública). Lenia defendió su uso con una pregunta retórica: “El INE los aprobó, ¿cuál es el escándalo?”. Como si lo avalado por el Instituto automáticamente fuera correcto; como si la ética fuera negociable; como si el respeto a la ley se redujera a un trámite administrativo. Su frase quedó registrada no como defensa jurídica, sino como confesión de parte. Confesión de una manipuladora profesional.
Y así, mostrando su miseria al cubo, Batres decidió enfrentarse con Ricardo Salinas Pliego, a quien calificó de “MISERABLE MISERABLE MISERABLE”. El exceso de mayúsculas fue inversamente proporcional a la mesura que debería tener un juez constitucional. El resultado: la Corte la declaró parcial, la apartó de votar en el caso y ella, ofendida, abandonó la sesión. Es decir, en vez de admitir su error, optó por el berrinche. Justicia impartida a golpe de teclado y disfrazada de víctima. Aviso clasificado y dirigido en primera persona: Lenia, las resoluciones de la Suprema Corte son inapelables. No se pueden revisar. Y, por supuesto, la ley no es puede ser retroactiva.
La ministra gusta de autodenominarse “la ministra del pueblo” (donde el pueblo es ella sola, por supuesto). Una etiqueta eficaz en el discurso político, pero inútil en el terreno jurídico. Porque en el tribunal supremo no se trata de quién habla en nombre del pueblo, sino de quién logra dialogar y argumentar con la Constitución en la mano. Al final, esa etiqueta la aísla: mientras los demás discutían velando por el Estado de derecho, ella sermonea con consignas. Hasta este 31 de agosto se quedó sola, rodeada de colegas que apenas disimulaban su incomodidad. A partir de ahora estará con otros de su misma ralea.
Cuando se le critica, Batres responde con números: 637 sentencias en año y medio, mucho más —dice— que el promedio. La ministra confunde cantidad con calidad, como si el derecho pudiera medirse por volumen. Una avalancha de resoluciones, sí, pero con la fragilidad de quien hace tarea a la carrera: se entrega mucho, se entrega rápido, pero se entrega mal. Y mala entrega no es entrega, es demagogia. Imaginen si fuese una cirujana a la que se le paga a destajo…
Y no solo demagogia populista. También autoritarismo. No es casual que excolegas y observadores coincidan en señalar su estilo: interrumpe, descalifica y regaña en lugar de debatir. No busca convencer, arrolla y se impone de mala manera. No tolera el disenso; lo castiga con sarcasmo. Y lo hace desde la investidura de un cargo que debería simbolizar imparcialidad, no complejos.
Cuando no tiene una respuesta real (que es la mayoría de las veces), Batres se refugia en el guión oficialista de siempre: acusa a “la élite judicial”. Coartada perfecta: si la corrigen, es porque no la comprenden —y no la entienden porque ella representa al pueblo—; si la contradicen, es porque conspiran contra el pueblo. Un círculo retórico al infinito; tan acomodaticio como vacío.
Su presencia ha erosionado la seriedad de la Corte, y continuará haciéndolo. Cada frase imprudente, cada desplante en redes, cada aritmética creativa debilita la legitimidad de una institución que debería ser el último dique frente al abuso de poder. Convertir la SCJN en escenario de propaganda es mucho más que una frivolidad: es un golpe al público. Esa sí es traición a la Patria en su máxima expresión, presidenta Sheinbaum.
Se ha esfumado la confianza en el Poder Judicial, en toda posibilidad de justicia.
Se habla de “curva de aprendizaje” porque esta implica evolución. En el caso de Batres, la curva está estancada. No sube, no progresa, no madura. Permanece plana, repetitiva, monocorde. La ministra no aprende: recita. No evoluciona: se empecina. Cada intervención fue igual a la anterior: consignas disfrazadas de argumentos, números acomodados a conveniencia, desplantes que sustituyen a la ley. Hará más de lo mismo a partir del lunes. No en balde el apodo que le han asignado en redes: burra.
Porque si algo ha quedado claro con Lenia Batres es que no llegó a impartir justicia, sino a interpretarla como catecismo macuspano. Su paso por la Corte no se recordará por sentencias memorables, sino por berrinches transmitidos en vivo, por matemáticas a conveniencia y por frases que harán llorar a los futuros cronistas de lo absurdo.
El problema —el gravísimo problema para el país y para todos los mexicanos— es que esto no es una puesta en escena del gran escritor y literato británico; se trata de la Suprema Corte. Y tener a Lenia Batres ahí no es solo un error, es una afrenta a la supervivencia de la nación. Una ministra que no ministra, que pontifica sin sustancia, convierte cada sesión en evidencia de que la incompetencia también puede vestir toga. De que la curva de aprendizaje de Lenia nos saldrá terriblemente cara.
Giro de la Perinola
Hay que agradecerle a Sabina. Obviamente, no por darle espacio y hacerle propaganda a tan nocivo personaje, sino porque, al hacerlo, pudimos reiterar —una vez más— lo que he afirmado en esta columna.
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Columna de Verónica Malo Guzmán
Foto: Especial
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