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Historias de moteles: de parejas celosas a robo de colchones

Los precios, dicen los empresarios, son un primer filtro, pero el cliente de un motel no necesita muchos lujos, ni amplios espacios.

Huauchinango, Pue.- Motelear el 14 de febrero, es como ir a almorzar el Día de la Madre. Aunque para algunos vivir en ciudades pequeñas como las cabeceras municipales de la sierra, donde casi todos se conocen, siga siendo como estar dentro de “un gran cinturón de castidad”, la oferta de empresarios del ramo se ha diversificado.

En Huauchinango, por ejemplo, puedes encontrar desde junior suites de 220 pesos con camas King Size, pantallas de cristal líquido, foquitos en los espejos y hasta fuentes “que dice la gente que les gusta mucho, el ruido del agua, les dan ganas de hacer pipi”, o modestas habitaciones de 100 o 120 pesos, sin más decoración que cabeceras, mesas de luz y barras forrada con loseta, porque la madera “la maltratan mucho”.

O bien lugares ubicados a orillas de la carretera federal México-Tuxpan en los que accedes a sus habitaciones a través de desvencijadas y casi podridas escaleras de madera, que una semana cuestan 80 pesos, pero la que sigue están en 70 o hasta en 60 pesos; u otras en que podrías hacer equilibrismo en los alambres que brotan de los pandeados colchones y o bien adquirir cualquier infección en sus mohosos sanitarios y regaderas, como el Explod, de Xicotepec.

Los precios, dicen los empresarios, son un primer filtro, pero el cliente de un motel no necesita muchos lujos, ni amplios espacios. “Necesita privacidad, discreción, limpieza. Una pareja cuando anda en primavera, lo que necesita es un lugar donde darle rienda suelta a la pasión y lo van a hacer en la casa de la novia, en la yerbita o en un vehículo, pero siempre hay riesgos: desde el moral porque te puede cachar la familia, hasta el de que te lleve la policía por ahorrarte 100 pesitos”.

Construir una junior suite con las características indicadas renglones arriba, refieren, cuesta entre 260 mil o 280 mil pesos, mientras que hacer un cuarto sencillo puede costarte la mitad, es decir unos 140 mil pesos, sin contar el precio del terreno. “Así que no recuperas la inversión en el corto plazo, por más veces que puedas rentar un cuarto”.

Siempre, dicen, les ponen sus pastillitas de menta para los besos sin rubor y con alientos amables y un preservativo. “Nosotros tratamos de facilitarles las cosas, de hacer que el encuentro sea agradable, pero hay también el presumido que llega y te pide cinco condones, no le creemos, lo miramos con cara de ‘sí cómo no’, pero igual se los damos”.

El calor y las culpas cristianas

Aunque admiten que uno de los días en que sus locales son más frecuentados, es el 14 de febrero, ya que todo el día hay movimiento y hasta colas para ingresar, indicaron que son los meses de mayo y junio cuando la demanda de un cuarto alcanza sus máximos niveles, para ir decayendo hasta llegar a diciembre, que es cuando verdaderamente “hay poco negocio”.

“No sabemos si es porque te llega el arrepentimiento de los fines de año o porque esas fiestas son netamente familiares, pero todo diciembre la ocupación es muy baja y aunque las cosas empiezan a mejorarse en enero, es en mayo y junio cuando, quién sabe si sea por el calor, tenemos lleno total, las 24 horas del día”, agregaron.

A los moteles, refieren, llega todo tipo de clientela, aquí no hay distinciones por clases sociales, ni credos políticos o religiosos. Lo que sí hay es, quizá, algunos escrúpulos. “Uno se da cuenta porque hay chavas que entran bien escondidas, que el novio o la pareja las protege y otras que incluso se bajan te saludan de beso y te chocan los puños, ante la mirada estupefacta de sus acompañantes.

El negocio de los moteles

Hay quienes llegan a los moteles en lujosas camionetas Lobo, Expedition, Taho, Suburban, lo que ha obligado a los dueños a ampliar los garajes, o camionetas con redilas y tuvieron que hacerlos estacionamientos más altos, pero también hay quien entra en taxi, en moto y a pie.

Ser dueño o administrador de un motel, indicaron, hace que agudices los sentidos. Por ejemplo, debes saber distinguir entre un grito de placer y uno de dolor y poner a funcionar tu “sexto sentido y tu intuición” para evitar problemas.

“Hay gente que viene aquí a golpear a sus parejas, en algunas ocasiones hemos intervenido, pero con tan mala suerte que cuando llegan las autoridades las mujeres, suelen decir que cayeron o que se golpearon accidentalmente, o de plano nos piden que no nos metamos”.

Pero también hay ocasiones en que lo que tienen que enfrentar es a una esposa o a un marido o a un padre celoso que llegan pistola en mano pidiendo informes sobre sus parejas o si ingresó algún automóvil con determinadas características. “Nosotros no podemos dar información de este tipo, es parte, digamos, del código de ética de nuestros negocios, aunque las cosas se compliquen y tengamos que pedirles que se retiren, con o sin auxilio de la policía”.

Otra situación que llega a presentarse es que los clientes dejen olvidados algunos bienes, pueden ser celulares, relojes, aretes, llaves, carteras, calzones, calcetines, pero casi siempre vuelven por ellos. Hubo quien dejó bajo la almohada una pistola y regresó para encañonar al personal y exigir que se la devolvieran. “Por fortuna aún no hacían el aseo y cuando subió al cuarto el arma estaba en el lugar que la había dejado”.

Pero también hay aquellos que “pasándose de listos” llegan a exigir la entrega de cosas que jamás llevaron a los cuartos. Por ejemplo, recuerdan el caso de un abogado, cliente frecuente, que quiso hacerse de una laptop de marca con el argumento de que la había dejado luego de que acudiera con su secretaria a “trabajar” en el motel.

“Nos estaba envolviendo de tal manera que casi caemos. Pero entonces se me ocurrió preguntarle por qué había ido a ‘trabajar’ ahí y si pensaba que alguien podía creerle ese cuento”, añaden.

O el caso de aquel diputado que regresó a reclamar una cartera que luego halló bajo el tapete o el asiento de su automóvil o el de otro parroquiano cuya acompañante se había embolsado también el dinero que no era suyo.

Hasta colchones les roban

Aunque lo que enfrentan todos los días es el robo hormiga sobre todo de toallas, sábanas, cobijas, lámparas, llaves de los muebles de baño, regaderas, televisiones y, en el colmo de los colmos, hubo quien cargó incluso con el colchón y los espejos. “Llegó en una camioneta cerrada y antes de irse cargó con todo”.

Además de la destrucción del mobiliario, el maltrato de puertas, de las cajoneras de madera, o que como en la primaria, cuando rayaban las bancas, pinten el típico corazón flechado en las mesas o en las sillas o de plano desquiten su coraje o frustración contra alguien a quien, antes de escribir su nombre, le ponen el típico “puto”.

Este tipo de situaciones los ha obligado en primer lugar a buscar y sustituir con materiales que garanticen mayor durabilidad y aguanten el ánimo destructivo de la clientela y a elaborar varias reglas que deben contemplarse durante la estancia y para la renta de un cuarto, que van desde establecer el momento, la cantidad y la forma de pago, hasta el límite de tiempo que se tiene para ocupar un cuarto y limitar el número de personas por habitación.

“A esto último nos obligaron unos chilangos, -recuerdan-. Llegaron empleados de una empresa con una cuadrilla de cinco trabajadores a los que querían meter en una habitación.

Aunque les diéramos una cama King Size, no hubieran cabido ni atravesados. Entonces, sucedió un incidente, con el que quisieron ahorrarse una renta: uno de los ocupantes salió de la habitación dejando a su pareja, como salió corriendo el empleado pensó que se iba sin pagar y fue a la habitación a la que entró sin tocar y se encontró con una mujer desnuda en la cama. Ella empezó a gritar y a acusarlo de que la quería violar, llegamos hasta el Ministerio Público donde todo se aclaró”.

Por ello, refieren, fue necesario hacer un reglamento en el que se estableció que el pago se hace a la entrada, que las habitaciones se rentan por 12 horas y que sólo pueden ingresar dos personas. Además de que si sales dentro del tiempo de tu renta debes avisar, y sólo se te esperara por dos horas, porque si no lo haces el cuarto queda disponible para otra persona.

Además aseguran que pusieron un buzón electrónico para sugerencias y quejas, en el que hasta la fecha no han recibido ningún mensaje, así como un celular en el que les han pedido desde papas y cervezas, hasta papel higiénico, una toalla o agua caliente.

Las demandas de la clientela también han ido variando: hay quienes te piden cuartos para hacer fiestas privadas, como despedidas de soltero, por todo el día, o el novio que te renta para festejar el cumpleaños de su pareja y hasta manda a decorarlo con corazoncitos, pétalos de rosa, velas, o mensajes en post it.

“Esto lo hacen más los hombres que las mujeres, aunque hay también la chava que llega desde temprano con sus amigas para decorar el cuarto, pero con menos frecuencia. Pero en ambos casos no es lo más común ni es la clase de servicio que nosotros queremos dar”.

Muertos, ni de felicidad

Aunque su negocio tiene algunas complicaciones como las narradas, los dueños rechazaron que en las instalaciones de su propiedad se haya registrado algún deceso provocado por un exceso de placer o de forma violenta, como ha ocurrido en otros establecimientos de la región, pero reconocen que no están exentos de que algún día pudiera ocurrir.

“Hasta ahora no ha pasado, dicen. No ha habido muertos, ni de felicidad. Nos hemos salvado, pero no hay ningún dueño de hotel o motel que pueda garantizar que esto no ocurra. No podemos pedir ningún certificado de salud a la clientela. No hay forma de controlarlo”, mencionan.

Lo que les queda, aseguran, es dar un buen servicio, a buen costo, con discreción y sin riesgos; y esperar un lleno total en este 14 de febrero en que ir al motel es como comer tamales el 2 de febrero o pozole el 15 de septiembre.

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